Pensé que nadie podía ser peor que el cazador, pero me equivoque.
Me hizo pensar que yo lo estaba acechando y que él era mi presa, luego, que ambos éramos cazadores hambrientos de sangre, sin embargo, nada de lo que yo pensaba importaba, yo no existía.
Estábamos, lejos de ser ambos cazadores, muy muy lejos. Teníamos algo en común, había algo en nosotros que no podíamos encontrar y que buscábamos en el otro, pero ahí nunca lo íbamos a descubrir.
Era adicta a su inocencia y a todo eso que él decía ser, todo eso claramente se podía ver. Su transparencia y empatía, las ganas de siempre dar y de procurar, de que, me sintiera bien y en seguridad, de que nunca, nunca me decepcionaría.
Él ya no era un cazador, era una presa. Eso me generaba tranquilidad. Un conejo no te hace daño.
Entonces, esa era mi dinámica perfecta, la cazadora de un tranquilo conejo. Pero yo no existía.
El conejo era suavecito, pero a veces me mordía, él solo estaba jugando. Eso no me iba a impedir jugar con él todos los días, a veces el conejo se metía en agujeros por días. Ya sabes cosas de animales.
Esas mordeduras sanaban rápido, pero el conejo cada vez jugaba más bruscamente y a veces tenía que enseñarle lecciones, encerrándolo en su propio agujero.
Un día lo vi, diferente, sus ojos eran rojos, y sus dientes amarillos. Ya no estaba suave, estaba sucio y daba miedo. Parecía enfermo, yo tenía miedo de perderlo y por tratar de acariciarlo me mordió una vez más. Una mordedura muy dolorosa, él ya no estaba jugando, el conejo lo hizo a propósito. Esto significa que, en realidad, no era un conejo, sino una clase de cazador que jamás había visto.
Mi herida se infectó, no podía dormir, el dolor me despertaba, mi mano estaba con gangrena. Los días pasaron y quise buscar al cazador extraño que se hacía pasar por conejo. Me sorprendí bastante al verlo, estaba radiante y sano, su pelo suave y sus ojos brillantes. Yo no existía.
Comments
Post a Comment