Pensé que nadie podía ser peor que el cazador, pero me equivoque. Me hizo pensar que yo lo estaba acechando y que él era mi presa, luego, que ambos éramos cazadores hambrientos de sangre, sin embargo, nada de lo que yo pensaba importaba, yo no existía. Estábamos, lejos de ser ambos cazadores, muy muy lejos. Teníamos algo en común, había algo en nosotros que no podíamos encontrar y que buscábamos en el otro, pero ahí nunca lo íbamos a descubrir. Era adicta a su inocencia y a todo eso que él decía ser, todo eso claramente se podía ver. Su transparencia y empatía, las ganas de siempre dar y de procurar, de que, me sintiera bien y en seguridad, de que nunca, nunca me decepcionaría. Él ya no era un cazador, era una presa. Eso me generaba tranquilidad. Un conejo no te hace daño. Entonces, esa era mi dinámica perfecta, la cazadora de un tranquilo conejo. Pero yo no existía. El conejo era suavecito, pero a veces me mordía, él solo estaba jugando. Eso no me iba a impedir jugar con él todos los ...